¡Proletarios de todos los países, uníos!

Las Raíces de la Cultura en la Actual Forma de Dictadura Burguesa.

Introducción.

El Franquismo, mal que pese a muchos, fue una larga anomalía de Occidente, o más bien la anomalía más persistente, consecuencia de la llegada tardía del Estado Español a la etapa imperialista. El mundo occidental, abanderado de los principios demo-liberales, tenía un concepto de Franco y de su dictadura, basados en hechos tan incontrovertibles como su filiación natural con Hitler y Mussolini; la larguísima permanencia en el poder, y un desprecio indudable hacia el personaje que había hecho de la mediocridad una virtud de gobierno. Incluso contenía sus dosis de mala conciencia por no entender cómo un tipo así podía durar tanto gozando de un poder omnímodo. Poder al que ellos alimentaban. Desde el final de la segunda guerra mundial había usurpado la identificación de Occidente y los principios demo-liberales, comprometiéndolos, desvelando con su sola existencia la proporción de falacia que llevaba implícito ese esquema.

Desde que se inició la guerra fría, Occidente llegó a un modus vivendi perfecto con el franquismo; la dictadura franquista garantizaba que el Estado Español fuese un baluarte incontaminado de posiciones revolucionarias y un aliado incondicional, mientras ellos hacían ojos ciegos a todo lo demás.

Cuando el sociólogo Juan José Linz desarrolló su teoría sobre la diferencia entre lo que denominaba como totalitarismos (nazi-fascistas, por un lado y comunistas, por otro) y los autoritarismos de derechas, como el régimen español, hizo un inconmensurable servicio a la causa de Occidente. En palabras gruesas, no era otra cosa que la adaptación al campo de la ciencia política de la expresión de Roosevelt sobre la diferencia entre los hijos de perra en general y “nuestros hijos de perra” particulares.

Este pensamiento de Linz, sigue hoy siendo argumento dominante entre intelectuales y plumíferos que tratan de vendernos las delicias de la actual forma de dictadura burguesa, frente a los nostálgicos del franquismo y las dictaduras del proletariado.

La capacidad de encantamiento de toda transición pacífica desde una forma de dominación dictatorial, hasta una “democracia”, procede de algo tan llamativo como que las víctimas son olvidadas a costa de la pervivencia de la dictadura de la clase social dominante: la gran burguesía.

Mientras los procesos de transición partieron de las dictaduras de derecha, el fenómeno consistía, para los estudiosos, en delimitar: primero, la naturaleza siempre atípica del autoritarismo precedente; segundo, el consenso social favorable a una “democracia” denominada “de corte occidental”; y tercero, el ritmo de integración en el contexto internacional. De tal modo que, a grandes rasgos, en la primera parte del análisis el pasado quedaba preparado para su recuperación. En la segunda, la madurez de la sociedad alcanzaba el grado idóneo para olvidarse de mirar atrás y observar tan sólo el futuro inmediato. Y por último, la estructura internacional ayudaba a ese retoño a un nacimiento doloroso aunque sin fórceps.

Mientras los procesos de transición partieron de esas dictaduras de derechas los analistas comprendieron que, el carácter episódico -incluso trivial en términos de perspectiva histórica- de los totalitarismos fascistas o neofascistas, quedaba confirmado en la facilidad con que se convertían luego en “democracias”. En los años setenta se venía a cerrar un debate abierto entre las dos guerras mundiales cuando una parte importante de la inteligencia cultural y política, de signo conservador, consideraba que los movimientos neo-fascistas no eran más que un episodio en la inevitable vuelta a unos principios demo-liberales renovados.

Por supuesto que nadie tuvo la osadía de mentarlo, pero en el aplomo de los panegiristas de las transiciones, latía la convicción de que sus antecesores tenían razón cuando consideraron que Musolini y Hitler, entre otros, no eran más que epifenómenos necesarios de un reparto desigual del mundo para frenar la revolución de proletariado y las masas populares.

Había tenido su costo, brutal, y su duración, excesiva en el caso del franquismo, pero al final se asentaba un sistema parlamentario, prácticamente sin oponentes, fuera de alguna minoría en los residuos de los viejos aparatos del pasado.

Un británico, Charles T. Powell, escribe en la introducción a la más acabada manipulación de nuestra historia de la transición, “los especialistas en transiciones a la democracia se muestran unánimes a la hora de definir el proceso español como uno de los de más éxito de los casi veinte procesos democratización que se han dado en el mundo entre 1974 y 1988”.

La incógnita que acababa de abrirse fue abordada a la manera académica: estudiosos de todo el mundo iniciaron la elaboración de análisis sociopolíticos comparativos donde cada caso era único. Si se analiza minuciosamente un fenómeno histórico, se acaba por complejizarlo tanto que se convierte en único. O se admitía que todos eran autoritarios o se volvía al término de totalitarismo colectivo capitalista. Esto cuestionaba la política exterior norteamericana en el momento que sus éxitos la enseñoreaban con la idea hegeliana del fin de la historia y del pensamiento único.

Se optó por transigir con la tradición y dejar las cosas como estaban, sin entrar en laberínticas definiciones. Si el enemigo comunista dejaba de existir, dejaba de tener interés la precisión metodológica entre “autoritarios de derechas y totalitarios de izquierda”.

La situación alcanzó grados alarmantes cuando en los inicios de los 80 muchos países del Este consideraron la experiencia española como un modelo a seguir para implementar definitivamente la restauración capitalista. Desarrollar esto llevaba a una fórmula que era difícil de plasmar en los papeles. Si se partía de la convicción de que la figura del Rey Juan Carlos era condición sine qua non para servir de puente entre el pasado totalitario y el presente democrático, ¿qué equivalencia habría de encontrarse en los países del Este? No había otra que el propio Partido revisionista.

Los partidos revisionistas del Este -cada uno con su peculiar denominación. Harían en los países socialistas de palabra, capitalistas de hecho, un papel equivalente al del Rey Juan Carlos de Borbón. Una vez comprendido que el viejo régimen no era sino una fuente de estancamiento, que podía llevar al traste el proceso de restauración capitalista y provocar una revolución, buena parte de la “nomenclatura” revisionista entendía que había llegado el momento de capitanear la dicha definitiva restauración para que ésta fuera pacífica.

Lo peligroso del paralelismo, es que se consideraba ofensivo para todos los protagonistas por igual, y que los diversos contextos obligaban a forzar situaciones muy diferentes.

Lo que sí resultaba incontrovertible era aquello que más se quería ocultar durante nuestro fenómeno de la transición: su carácter de clase. La mecánica del poder podía cambiar de manos, pero el poder propiamente dicho no.

El profesor de la Universidad de Chicago, Adam Prseworski, escribió pasmado, “un rasgo notable de la transición española es que el sistema político se ha transformado sin afectar de manera apreciable las relaciones económicas. Es sorprendente comprobar que los que estaban satisfechos con el régimen de Franco parecen estarlo con el nuevo gobierno democrático”.

La misma clase política del Este se reconvirtió con rapidez en todo lo contrario de lo que venía aparentando desde finales de los años cincuenta. De lo que había sido “nomenclatura”, sectores dominantes de los regímenes del “socialismo real”, salían los líderes económicos y políticos de la nueva situación. Adulterando un tanto el análisis de Gramsci sobre “el Príncipe político”, tendríamos que dicho príncipe, ejecutor de la política de futuro, estaba desempeñado en España por el Rey, símbolo de unos sectores sociales fortalecidos por el viejo régimen y deseosos de sobrevivir a él. Y en los países del Este el príncipe no era otro que los diferentes partidos revisionistas nacionales y sus compañeros de viaje; ambos componían la clase política que ejecutaría la transición hacía la perpetuación de la dictadura burguesa, prácticamente con escasas novedades.

El caso español perdía su excentricidad para limitarse a ser un prototipo, el análisis del modelo hispano permitía ocultar el carácter de clase, de dominación, puesto que consentía en dar el papel protagonista de esa transición, a una nueva forma de dominación burguesa, a quienes le debían el liderazgo a la dictadura; lo que no era óbice para ser avalados por las fuerzas que luchaban en la clandestinidad contra el régimen totalitario. Este galimatías devenía una feliz paradoja y hacía del modelo español el paradigma de las transiciones. "Parecería que España fuera el país que más merece ser estudiado, ya que la democracia fue instaurada ahí sin ruptura de las fuerzas armadas, sin una purga siquiera de la policía política, sin un grado evidente de politización, y con dos grandes partidos que surgieron casi de la noche a la mañana".

El desmontaje de las dictaduras revisionistas del Este atenuó ese carácter paradigmático y revelo que, si cambiaba las relaciones de fuerza internacionales, cualquier sociedad podía iniciar la transición a una nueva forma de dominación burguesa sin guerra civil. Los conflictos nacionalistas vendrían después, pero como muestra de la propia descomposición del Estado capitalista en su etapa superior y última.

Con el paso del tiempo, la clase dirigente, incrustada en la cúpula de los tejidos económicos y políticos, revisará la historia atenuando los juicios críticos, defendiendo eso que se denomina objetividad. En dos palabras, adecentarán el pasado.

Los revisionistas que restauraron el capitalismo en lo que fueran países socialistas, incluso tendrán una ventaja sobre el modelo aplicado en el Estado Español: la de achacar a los grandes dirigentes del proletariado y la construcción socialista, toda la basura acumulada durante sus décadas oprobiosas. El espíritu nacional de la mayoría de los países del Este quedará a salvo, porque los revisionistas y oportunistas aparecerán como hamletianos personajes que debían decidir entre colaborar para salvar la patria o dejarlo todo en manos de ocupantes rusos.

El que un análisis de este tipo pudiera ser no aceptado, aunque no se hiciera de manera explícita, confirmaría la hegemonía del liquidacionismo en nuestras filas. Pero además marginaría aquello que constituía el patrimonio progresista de este país, su capacidad de resistencia.

La denominada “izquierda”, en los años anteriores a la transición, no demostró mucho talento, y el revisionismo se encargaba de castrar todo aquello que pudiera impulsarse. Hasta hoy no se contó con unos instrumentos políticos, una línea roja proletaria que pudiera facilitar una acción o una reflexión enriquecedora. Ahora bien, sin la erosión de una resistencia proletaria, perseguida y sacrificada, el franquismo no hubiera dejado jirones de sí mismo en el largo camino hacia su muerte. Los esquemas analíticos burgueses conocidos hasta hoy sobre el franquismo y la denominada “transición”, no son otra cosa que la trivialización de las responsabilidades históricas frente a las dictaduras.

Mas, lo esencial para el proletariado será sacar lecciones de todos estos procesos de transición -trátese de transición de dictadura militar, fascista, neofascista, o revisionista en proceso de liquidación de dictadura del proletariado y socialismo y restauración capitalista- y persistir en la lucha de clases y la toma del Poder, la dictadura del proletariado y la construcción socialista, hasta la meta final del comunismo.

Armados hoy de nuevo con la invicta ideología del proletariado, el Marxismo-Leninismo-Maoísmo, principalmente Maoísmo, retomando nuestras Bases y Tesis Fundamentales de fundación, como el ave fénix, resurgimos de nuestras cenizas con la firme convicción de cumplir con las tareas que la clase y la historia nos exige y demanda, empeñados dar mayor impulso al proceso de reconstitución del Partido, en desarrollar nuestra Línea Política General, seguros de arribar al triunfo del proletariado sobre la burguesía.

Sobre las Bases Culturales de la Actual Forma de Dictadura Burguesa

El marxismo nos enseña que, en toda sociedad de clases, la ideología y cultura dominante, es la de la clase dominante. Como complemento del desarrollo y agudización de la contradicción entre burguesía-proletariado, desde los años sesenta se agudiza la confrontación entre la estructura oficial del franquismo y la España real en el marco de la cultura.

Con la derrota y liquidación de la línea proletaria encabezada por Heriberto Quiñones, a primeros de los años cuarenta, a manos del recién estrenado régimen militar fascista y la acción del impenitente revisionismo, vino el afianzamiento del revisionismo encabezado por Dolores Ibarruri y Santiago Carrillo. Tras el nuevo triunfo del revisionismo, lo que pasará a denominarse izquierda, iniciará el camino de alimentarse, preponderantemente, en los medios de la “inteligencia” no eliminada por el nuevo régimen, de donde extraerá influencia y personal.

En el terreno cultural, la confrontación entre una parte de la sociedad y la dictadura, tendrá como interlocutores reiterados a una parte de los intelectuales. Se podría decir que aquello que luego se entendería por “transición democrática” en la cultura, se abrió camino mucho antes que en otros campos. Por las características específicas del medio, era posible en ocasiones, una cierta coexistencia, inestable y nada pacífica, entre la cultura de la Administración y la cultura de la oposición. Conviene no olvidar que se trataba de un conflicto que, en la mayoría de los casos, afectaba únicamente a unos centenares de personas, que ni siquiera eran militantes; mientras que la gran mayoría del proletariado y las masas se hallaban ajenas a dicha confrontación.

Incluso en los regímenes más totalitarios burgueses, siempre se ha pretendido aparentar una autonomía de la cultura. Siempre se ha tratado de ocultar la extrema dependencia, incluso de aquellas obras artísticas que por su naturaleza parecen más alejadas de los compromisos con la sociedad. Por ejemplo, una de las lagunas llamativas sobre nuestro inmediato pasado cultural se refiere a la vida musical de los años cuarenta en España. Período en el que cabe contar con relevantes personalidades que, sin embargo, son inexplicables sin echar mano del contexto político en el que se dieron. Nos referimos a Falla, Rodrigo, Argenta, Regino Sainz de la Maza, Segovia, Sopeña. No digamos ya si hacemos referencia a la diáspora musical del exilio, en lo que tiene de contraste.

¿De qué modo afectó la transición a la cultura?

Si entendemos el término cultura en su sentido más abierto y genérico, los diversos mundos culturales españoles llegaron a la transición unos -los más tradicionales- con cierto desamparo y angustia, otros con arrollador entusiasmo. Los años oscuros, para unos habían sido una oportunidad y para otros una rémora. La transición lo único que hizo fue convertir la pobreza provocada por esos años oscuros, explicable por razones históricas, en espectáculo. Hasta entonces había, por decirlo así, pocas posibilidades para una cultura demo-liberal que engarzara con el primer tercio de siglo; luego ninguna.

La transición mostró, que no era una exageración decir que se partía de menos de cero. Se partía de una estructura intelectual -universitaria, pedagógica, editorial, etc.- consolidada durante cuarenta años bajo una férrea dictadura de clase que, primero fue militar-fascista; continúo como militar-católica; para finalizar apartando a los militares e iniciar una forma demo-liberal de dominación de clase.

Remendando a J. J. Linz, la tradición totalitaria se había vuelto autoritaria y de ahí se quería ya liberal, reclamando el patrimonio de los nuevos tiempos, pero hasta eso, por razones fácilmente comprensibles, no podía ser exhibido sin perjuicio para los intelectuales.

La inteligencia desarrollada a la sombra del totalitarismo franquista, no podía pasar del fascismo al neoliberalismo en apenas un lustro, por ello y como mínimo, exigían el mismo derecho que la nueva clase política se había arrogado al ser reflejada su vida como una coherente trayectoria. Cada uno debía tener el derecho de decidir dónde empezaba su pasado intelectual.

Contemplado desde hoy, se ve cómo se ha tratado de crear la imagen de la vida intelectual del tardofranquismo, como unánimemente opositora; se pretende hacer ver que la posición mayoritaria de los intelectuales hacía el régimen, era de total aislamiento y desprecio, presentando la imagen de una inteligencia resuelta a terminar con la dictadura. Algo totalmente opuesto y lejano absolutamente de la verdad.

La universidad, las publicaciones, las editoriales, hasta la suerte misma de los intelectuales, estaban a merced de las decisiones del poder, donde la arbitrariedad de un poder dictatorial, hasta en su período agónico, se percibía, no en la exigencia de adhesiones inquebrantables -como antaño- sino en complicidades constantes y silencios culpables. ¿Cuántos de los intelectuales de pro de la época levantaron su voz contra los fusilamientos de tres militantes comunistas y dos nacionalistas, en septiembre del 75? Nos sobran los dedos de una mano.

Al Gobierno le bastaba un decreto y de un plumazo cerraba editoriales o publicaciones en cuanto creía detectar semillas de una cultura de oposición. En 1970 clausuró cuatro minúsculas editoriales dedicadas a la edición de libros básicos para el conocimiento del marxismo y no se habló más del asunto; sin contar que la mayoría de las obras editadas antes de la muerte de Franco contienen mutilaciones u omisiones a causa de la censura, hecho que las casas editoras no parecen tener especial interés en aclarar, tratándose de textos, nacionales o extranjeros, que se reeditan con profusión. Se da la circunstancia de que los antiguos censores pasaron a ser promotores editoriales e incluso en algunos casos se convirtieron en responsables de la cultura o asesores experimentados de los resurgidos nuevos partidos de izquierda.

El estudio del período franquista, desde un punto de vista cultural e intelectual de clase, está aún por concluir. Se da el hecho, incluso, de que algunos textos de egregios profesores, editados en los años cuarenta y cincuenta, han ido sufriendo el proceso similar al de sus creadores; tanto los autores cambiaban y se arrepentían de lo escrito, tanto pulían y recortaban el libro.

Un fenómeno paradójico: hay libros que nacieron como elemento de apoyo a la cultura totalitaria, sin embargo, son contemplados hoy como retoños de liberalismo en los tiempos difíciles. Se reeditan con los mismos títulos, cuando el contenido apenas si tiene algo que ver con lo que contenían cuando se escribieron. Un ejercicio de desvergüenza intelectual tan inaudito como oculto.

La inteligencia de la dictadura, que se fraccionaría a partir de 1956, apenas si ha sido estudiada en su contexto, sino a partir de un final feliz promovido por los propios protagonistas: todos, en mayor o menor medida, estaban situados, desde que tuvieron uso de razón política, en el campo del neoliberalismo. Como si la cultura totalitaria española hubiera quedado arrinconada en vísperas de la derrota nacionalsocialista de 1945, a manos de los Aliados.

El hecho de que existieran diferentes familias intelectuales durante el franquismo no niega su tronco común: el catolicismo tradicional -que denominaremos nacionalcatolicismo-, aunque dentro de él existieran grados y evoluciones. No hay, y esto es muy importante para la formación de la “inteligencia”, nada que pueda no ya parangonarse sino incluso recoger o evocar un pensamiento a la vez laico y autoritario.

El de Giovanni Gentile, sin ir más lejos, un totalitarismo laico y con pretensiones humanísticas está absolutamente ausente del período de formación de los intelectuales. Existió, todo lo más, el laicismo emboscado, conservador y liberal, de Ortega y Marañón, que, por razones obvias, no encontraba ningún lugar para manifestarse como tal, y que sí han rescatados en los últimos veinte años.

El fascismo, triunfante tras la guerra, devino tradicionalismo católico y clases medias: Nacionalcatolicismo. Cualquier veleidad totalitaria agnóstica, laica o estetizante, quedaba condenada a la clandestinidad. La posterior evolución de las principales figuras de la época, no tiene otro objetivo que el de confundir y enmascarar su pasado y la naturaleza del conflicto entre las diferentes familias intelectuales y políticas existente durante la dictadura. Todas coinciden con el mismo fondo ideológico, político y cultural común.

Existían diferencias de grado y de talante intelectual, es obvio decirlo, entre el Laín Entralgo de “España como problema” y el Calvo Serer de “España sin problema”; dos libros que concitaron la atención de las ínfimas minorías de 1949. Pero no una disparidad de principios.

¡Cómo no iban a ser palpables las diferentes actitudes intelectuales con que se defendía la validez de Menéndez Pelayo entre Laín y Calvo Serer!

Pero ambos exigían de una cierta, aunque diferente, comprensión del espíritu de don Marcelino Menéndez Pelayo; eso es lo unificador.

No coexisten varias culturas durante los primeros veinte años de franquismo, como han pretendido hacernos creer los protagonistas avergonzados, sino una sola, la que procede de la tradición católica evolucionada a nacionalcatolicismo.

Tras el proceso de ruptura iniciado en 1956 afrontarán, de muy diferente manera, el pasado y se irán haciendo abismales las diferencias. Hasta el punto que ya no será el rasgo más llamativo su procedencia del tronco común, del catolicismo tradicional, sino la diferencia entre nacionalcatolicismo totalitario y exigencia neoliberal. Pero la complejidad de ese proceso se nos ha hurtado y la transición a la forma neoliberal de mantener la dictadura burguesa ha sido incapaz de abordarlo para saber de dónde nacían, al mismo tiempo sus rémoras. Los protagonistas estaban o siguen vivos, así como sus herederos, y nadie, y menos que nadie ellos mismos, como protagonistas del cambio en la forma de la dictadura burguesa, tenían o tienen interés alguno en un proceso de revisión de esas características.

Contrariamente a la opinión común de que, frente a las dictaduras, son los intelectuales, como colectivos, quienes adoptan la posición más gallarda, la realidad del proceso de lucha contra el franquismo, en el Estado Español, lo desmiente. En lo que tiene de colectivo la intelectualidad, es su adaptación a servir al poder con mayor rigor y hasta entusiasmo que cualquier otro gremio. La brutal referencia a Goebbels evita mayores comentarios.

La intelectualidad, al contar con su experiencia teórica, está en mejores condiciones de aprovecharse de ella y encontrar siempre argumentos para quien los necesite. Otra cosa es tal o cual individualidad. También hay que admitir que la función social que ejerce el intelectual y de la que se siente responsable verbalmente le situaría, de ser consecuente, en una crisis permanente; no hay colectivos que puedan vivir en crisis sin aspirar a superarlas.

Cuando uno ha de referirse a la “inteligencia” en conjunto, durante los tiempos difíciles, es inevitable una cierta dosis de benevolencia.

La funcionarización de una parte de la inteligencia, es un aspecto muy llamativo de los dos últimos siglos que tiene amplias raíces en épocas anteriores a la Ilustración y que, en el Estado Español, donde el Estado ha sido un instrumento frágil sometido a las fuertes agudizaciones de las contradicciones al seno de la clase dominante burguesa, el asunto contiene elementos singulares.

Hasta los años setenta, en vísperas de la muerte de Franco, se puede decir, sin correr riesgo de equivocarnos, que ningún catedrático de universidad, por ejemplo, había llegado a la cátedra desde una cultura de oposición, sino en función de sus conocimientos y de su trayectoria en el seno de la cultura nacional-católica.

No podía ser de otra manera en un régimen cuyas características podían consentir la no adhesión tácita, pero no el desdén explícito. Se podía no estar con el régimen, porque uno no se manifestaba a su favor, pero no se podía manifestar en contra del régimen y seguir gozando del mismo status que a uno le había permitido ese mismo régimen. El sistema transigía con el servidor siempre y cuando éste ejerciera de tal. Bastaba incluso que tuviera conciencia de ello, que tuviera conciencia de sus límites.

A menudo se olvida que en la Italia mussoliniana, apenas instalado el fascismo y sin las secuelas de una guerra civil, como en el caso español, tan sólo once profesores, ¡once!, del conjunto del cuerpo docente de las universidades italianas, osaron negarse a prestar el juramento de fidelidad al Fascismo y a Mussolini. En nuestro caso, los intelectuales militantes socialistas y comunistas y los que habían sostenido claras posiciones neoliberales, todos ellos, fueron asesinados o condenados al exilio.

Por el contrario, los intelectuales de inequívoca conducta cívica hacía la dictadura, todos, debieron pagar su peaje al nacionalcatolicismo. En unos casos con voluntad y en otros con resignación. Desde Laín Entralgo, Maravall, López Aranguren y Tierno Galván, pasando por Carlos Ollero, Fuentes Quintana, Seco Serrano y tantos otros. Intelectuales con categoría de tales, formadores de la generación que consolidaría la “transición” a las formas de dominación neoliberales, y que no pueden ser asimilados a la caterva de los siniestros personajes del oscurantismo intelectual. Los: Eugenio Montes, Javier Conde, Muños Alonso, Jesús Fueyo, González Álvarez, Millán Puelles, Todolí, Eulogio Palacios, Corts Grau, García Escudero, Lafuente Chaos, Velarde, Calvo Serer, Jesús Suevos, López Ibor, Vigón o García Sanchiz. Tan diferentes y tan similares. Todos estos, fuera de su contexto, no son nada.

Intelectualmente hicieron las veces del alquitrán, cubrieron los huecos dejados por el exilio, el genocidio y la represión, y trasmitieron su mediocridad intelectual a sus herederos. Sin embargo, le dieron a la dictadura algo que necesita explicarse, y no nos referimos al tan mentado y gestual juramento a los “Principios del Glorioso Movimiento Nacional” y al “Fuero de los Españoles”, sino a algo más puntual y directo: a la voluntaria aceptación de la dictadura de Franco y del nacionalcatolicismo en el proceso intelectual que les llevaría más tarde a la “oposición”.

Aquí se plantea la incongruencia de unas definiciones inconsecuentes o ligeras.
Si cómo vemos hoy, cuándo la gran burguesía lleva casi dos siglos asentada en el poder, ejerciendo su dictadura de diversas formas y la división actual de clases sociales y su pervivencia, son la razón de su existencia, como en todo régimen totalitario burgués -en cualquiera de sus formas y apariencias- no hay posibilidades para la autonomía, ni del pensamiento, ni judicial…, ni tan siguiera de lo cotidiano. Incluso no son fáciles las opciones voluntarias hacia la marginalidad y el aislamiento. Sólo queda la “inexistencia” a efectos tanto humanos como creativos. Porque “existir” intelectualmente en la actual sociedad burguesa no admite más que el “estar con” y el “estar contra” y ambas opciones llevan en un caso a medrar o sobrevivir, y en el otro a la desaparición.

Si así ocurre en el marco general de la dictadura burguesa, peor es la situación que se da cuándo ésta toma un carácter totalitario o fascista. Los que se esfuerzan y empeñan en encontrar términos atenuantes al carácter nacional-católico, totalitario, del régimen franquista, deberían explicar de qué modo aceptaron ellos el papel ideológico que jugaron en publicaciones, cátedras y gabinetes. De ser sencillamente un régimen totalitario su responsabilidad intelectual habría de considerarse como mucho mayor, dado que sin apenas presiones y teniendo otras opciones, escogieron servir a la más cercana a la dictadura burguesa en su forma nacional-católica.

No es extraño, por tanto, que el legado de memorias que nuestros intelectuales y asimilados publicaron durante la transición puedan catalogarse, prácticamente sin excepción, como un ejercicio de mistificación, con algunos rasgos de desvergüenza inaudita. La cuestión, planteada de manera rotunda y nada demagógica, es ésta: sin una colaboración plena y entusiasta con la dictadura franquista no había tan siguiera la posibilidad de que a uno le ofrecieran el privilegio de jurar los “Principios del Movimiento”. ¡Y eso hasta los años sesenta!

Las memorias y reflexiones de los protagonistas nos tientan a pensar que, frente al arte de la doblez, la dictadura no era tanto perversa cuanto constitutivamente imbécil. Lamentablemente para ellos -y nosotros- una guerra civil, un genocidio como el vivido y cuarenta años de ejercicio férreo del poder no permiten engañarnos.

Podría ser y lo fue, zafia, brutal, indolente incluso, pero la imbecilidad reiterada en cuestiones que afectaban a las instituciones del Estado, le estaban vedados al franquismo por razones de supervivencia.

Bastaría citar los casos paradigmáticos de Julián Marías, Manuel Sacristán o Carlos Castilla del Pino, tres personalidades diferentes, en tres épocas diferentes y que coincidieron en su papel de radiografías del estamento universitario. No habían pagado el peaje o la pernada a las instituciones. Tuvieron el valor de competir en desigualdad de condiciones con quienes nunca les cupo la menor duda que dicho pago iba incluido en el cargo. ¿Por qué ese silencio, hecho de tantas complicidades que no permite que nadie diga que los ilustres catedráticos que vencieron en dichas oposiciones, no lo fueron porque tuvieran más méritos intelectuales que Marías, Sacristán o Del Pino, sino porque representaban la tradición reaccionaria que el régimen quería para la universidad y los otros no? Así de sencillo es el asunto, independientemente de la evolución posterior de los protagonistas.

Ahora bien, la principal diferencia entre un intelectual y un filisteo no se refiere tanto al plano de la cultura, sino a la formulación del discurso. Los recursos para explicar sus actos son infinitamente más complejos. No es fácil que el gremio intelectual admita que, para ser catedrático de universidad, como funcionario institucional, lo mismo que para ejercer de director de un medio de comunicación, se exigía una obvia voluntad de servicio al régimen.

Lo considerarán una simplificación abusiva. Cada uno tendrá una prueba de que su caso -sólo del suyo- fue excepcional y se debió a una gama de concomitancias afortunadas en las que se mezcló un amigo, un familiar o un muerto. Si usted tiene la providencia de sustituir al “amigo” por una institución de tipo religioso, desde la Iglesia al Opus Dei, le ayudará a comprenderlo. O si usted sustituye al presunto “familiar” por el progenitor cuyo acendrado amor al régimen y cuyos servicios al Estado fueron tales que podían ser repartidos entre sus herederos. Incluso si usted sustituye al “muerto” por la encomienda de algún prohombre, sacrificado en el altar de la patria, podría muy bien encontrar las razones por las que su consanguíneo accedió a la vicaría intelectual. Pero todo esto no serán pruebas si no del clientelismo aplicado en el franquismo.

Hasta 1956 y la consiguiente ruptura con el régimen de algunos sectores procedentes del falangismo, no se inicia propiamente una cultura de resistencia. Hay una cultura del exilio, de la clandestinidad militante y de las luchas obreras, que son otra cosa. Es a partir de ahí que se va a ir formando, en condiciones muy difíciles, una “inteligencia” resistente. La dificultad de esas condiciones no venía tan sólo por tener que existir bajo una dictadura implacable, sino porque se había producido algo, desde el punto de vista intelectual, gravísimo: la quiebra del desarrollo cultural iniciado con el siglo.

El primer tercio del siglo XX es el más vigoroso de nuestra cultura. Un proceso de desarrollo intelectual en todos los campos, cuyos rasgos más sobresalientes podrían resumirse en tres: proletarización creciente en la sociedad, sintonía-acercamiento a los acontecimientos que se producen en Europa y Rusia y asentamiento-continuidad de la reflexión intelectual. Esos tres aspectos no coincidían ni iban parejos desde la crisis de la Contrarreforma, Cuando se daba uno, se hacía imposible el otro.

Ni tan siguiera momentos cruciales en la España del siglo XX, como las crisis que provocan los acontecimientos de 1917, ni la dictadura de Primo de Rivera, ni la inestabilidad de la República, pudieron quebrar el desarrollo de un movimiento intelectual multiforme: desde las ciencias a las artes y no digamos a la literatura y el pensamiento. La guerra civil y el genocidio provocaron su colapso, la dictadura que siguió significó la ruptura del proceso.

Habrá que esperar hasta la década de los sesenta para poder hablar con propiedad de reanudar un mundo intelectual abierto frente a la cultura oficial. Una reanudación en condiciones de inferioridad, marginal y subterránea, cuyos primeros apéndices aparecen después de 1956, y que estará condicionada por ese agujero intelectual de veinte años. En términos de secuelas intelectuales, veinte años suponen, como mínimo, un par de generaciones.

Pero también hay que decir que ese mundo intelectual abierto se entregó plenamente a la forma de dominación burguesa, a la dictadura burguesa, al neoliberalismo, por más que se quiera enmascararlo de “demócrata”, se rindió a la burguesía en su última fase de desarrollo, el imperialismo, convirtiéndose en los mayores paga panes de la historia del Estado Español.

Entretanto, la cultura del exilio seguiría otros derroteros y procesos, con pocas coincidencias y muchos rechazos hacia lo que se hacía en el interior del Estado Español franquista; sin embargo, se integra, se fusiona con los intelectuales y la cultura provenientes del nacionalcatolicismo franquista, en la nueva forma de dominación burguesa surgida tras la transición: se fusionan en el marco de la monarquía parlamentaria tras liquidar el franquismo. Hasta tal punto esto es así, que hoy vemos plenas coincidencias e integración de la cultura del exilio con la proveniente del franquismo.

La transición, pese a lo que se trata de negar, supuso la integración del pensamiento, de la diáspora republicana, en la defensa de la monarquía parlamentaria. García Bacca, el filósofo residente en Venezuela, tan sólo se le recuerda en los medios académicos -en los otros no existe- por su obra primeriza y sus traducciones. Otro tanto cabría decir de Eugenio Imaz o Eduardo Nicol. Y es significativo que del grupo pos-orteguiano haya sido María Zambrano quien gozó de alguna resonancia en vísperas de su fallecimiento, ya terminada la transición, y en función de sus calidades poéticas. Hombres fundamentales, como Max Aub, pertenecen a las memorias de algunos pocos.

El franquismo, pese a coincidir con la forma de dominación burguesa característica de los países capitalistas que han llegado con retraso a la etapa imperialista de la burguesía, a la época del reparto del mundo y las guerras, no tiene comparación, en cuanto se refiere a cultura e intelectualidad, con otros fenómenos que políticamente estuvieron cercanos, como el fascismo italiano o el nacionalsocialismo alemán.

Si bien ambos contienen en sus raíces el escepticismo como base ideológica -mezclado aquí con el más rancio catolicismo-, la negación de los principios demo-liberales, la implantación del corporativismo, de la autarquía económica; no sólo los puntos de partida eran diferentes sino también los de llegada.

Intelectualmente el franquismo es como tal un páramo, pero ninguno de sus gemelos, alemán o italiano, pueden considerarse tan sumariamente. Sí puede hablarse con propiedad de una cultura fascista o nazi, cosa impensable en el franquismo, cuya base ideológica pasa a ser el nacionalcatolicismo y se convierte en el más longevo de los regímenes.

Ahora resultaría casi un tópico señalar que la mayor ventaja del franquismo, sobre sus parientes primigenios, consistió en su escaso interés por desarrollar una cultura. Esto es totalmente falso, sólo se trata de una teoría construida por algunos de sus herederos y de los que fracasaron en su intento de elaborarla. Porque sí hubo una pretensión cultural franquista: tradicional, católica y excluyente.

La cultura totalitaria franquista existió y lo empapó todo, lo que ocurre es que, fue tan pobre vicaria del pasado, que sus propios protagonistas tienden a difuminarla.

Los que fueron tomando posición contraria al régimen, tenían ante sí la opción de impulsar y desarrollar una cultura antifranquista; manifestándose dos caminos: impulsar y desarrollar la cultura proletaria, o bien recuperar la eclosión intelectual interrumpida por la guerra civil y la dictadura.

En el campo cultural, la postura de defender y desarrollar una cultura de clase, se manifiesta siempre tan forzosa como en el más obvio terreno de la política.

Desde una posición clasista, la primera opción implicaba, necesariamente, enarbolar, defender y aplicar las bases ideológicas del proletariado, continuar desenmascarando y combatiendo las posiciones oportunistas y revisionistas al seno de la clase, retomar y desarrollar las Bases y Principios fundamentales del Partido y reconstituir el Partido y las organizaciones de clase.

La segunda opción, y la que pasó a ser dominante en las posturas antifranquistas, fue la de dar marcha atrás a la historia y reivindicar la legalidad burguesa republicana truncada por el golpe de estado y la derrota de la guerra civil posterior. Mas sin continuidad no hay solidez.

En una “cultura resistencia” está implícito siempre un planteamiento a corto plazo, donde van parejos al desarrollo y agudización de la lucha de clases, riesgo y clandestinidad. Así, las posiciones opositoras que pasaron a dominar durante el franquismo, se interesaron más en ir rellenado huecos, que en construir puentes que nos llevasen a la definitiva destrucción de la forma franquista de dominación burguesa.

Todo esfuerzo se centró en función de un único objetivo, alejado de los intereses y objetivos del proletariado, en un objetivo que aspiraba únicamente a la previsión general de una dictadura agotada que, llegado un momento, no podría dar mucho más de sí.

Al proletariado, de la mano del revisionismo, se le avocó únicamente hacía el economicismo. Ya que, subjetivamente y con su memoria histórica aún reciente ¿cómo iba a ser partícipe de reivindicar el proletariado una república que había sido tan represiva como lo era el franquismo, por muy “popular” que se la quisiese mostrar? No se puede, sin grave riesgo, aspirar únicamente a una cultura de resistencia durante décadas.

La vinculación entre el Partido Comunista, encabezado por las posiciones revisionistas de Dolores y Carrillo, y la “cultura de resistencia” fue dominante. Nada casualmente coincide en cada jalón del proceso de lucha contra la dictadura. La crisis universitaria de 1956, el arropamiento de las luchas obreras de 1962, las conmociones de 1968 en Francia, el agotamiento del franquismo a partir de 1970 y la ambición del revisionismo de ir más rápido, hacía otra forma de pervivencia burguesa, antes de que se desarrollasen formas revolucionarias de oposición al franquismo, están estrechamente ligadas al desarrollo de la cultura antifranquista. Así, prácticamente toda la cultura que podía hacerse frete al régimen tenía la impronta de lo provisional.

Una cultura no se reedifica sólo como oposición a algo, debe afirmarse contra algo, ha de tener una clara posición ideológica y política de clase para ser revolucionaria. La elección del adversario vino dada por las circunstancias. La paradoja empieza con que nuestra reciente historia no encuentra otro adversario digno que el pensamiento de Ortega y Gasset. Una oposición forzada, porque el complejo discurrir del mundo orteguiano no era precisamente el representativo del enemigo al que se combatía. Una minucia más en una cadena de miserias. El adversario sobre el que había que batallar ni tan siquiera estaba a la altura del Ortega que instrumentalizaban de vez en cuando, sino al de unos mediocres personajes salidos de seminarios, o del frente de batalla, llamados Muñoz Alonso, Jesús Fueyo, Gónzales Álvarez, el Padre Ramírez, Calvo Serer, Fernández de la Mora, etc.

Conversos retorcidos como Eulogio Palacios, Javier Conde, García Valdecasas, Gómez Arboleya, etc. Residuos de lo peor de otra época como Eugenio d´Ors o Montes. Cuando no unos muertos seculares como Jaime Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o, en el colmo de la modernidad del siglo, dos arribistas de tan escasa entidad como: Ramiro de Maeztu y Salvador Dalí.

Se podría hablar de la fragilidad del referente orteguiano para unas direcciones de la denominada “izquierda”, abocadas más entonces a la utilización del marxismo como instrumento de justificación de sus intereses neoliberales y pequeño burgueses.

¿Qué decir de la escolástica incrustada en la soberbia de aquellos profesores cuya obra se reducía a la gestión y manumisión de los conciliábulos universitarios, cursillos espirituales y demás actos siniestros de la larga noche franquista?

La superficialidad de la cultura “radical” durante la dictadura, de los esbozos de una cultura clasista, estaba ya en la ausencia de adversarios de entidad. No puede nacer tampoco una cultura de oposición sólida con unos enemigos deleznables, tanto desde el punto de vista intelectual como humano. La ausencia de tradición que no fuera la herencia reaccionaria obligó a la importación. Les resultó mucho más sencillo, más fácil, desde una cultura nacional-católica, mezclar a Heidegger y Carl Schmitt y luego aAlthusser y Della Volpe, que aventurarse en procesos de reflexión sobre la libertad o de aplicación marxista, que es lo que estaba en cuestión en la Europa de los cincuenta y sesenta.

El drama intelectual de la cultura de oposición o de resistencia en la España franquista consistía en que los mismos que habían participado en la creación del pozo cultural se encontraban ante el deber moral de llenarlo. Independientemente de sus intenciones, incluso de su buena disposición, no era posible sin grandes dosis de esquizofrenia. Del clásico principio de enseñar aprendiendo, ellos fueron aprendiendo mientras enseñaban. Entre otras, la herencia que dejó el período franquista a la transición en el terreno de la cultura y el pensamiento, sería el autodidactismo. Generaciones enteras con profesores a los que no se podrá considerar como maestros.

La tradición no se puede inventar sin adulterar la verdad. Esa generación llamada a colmar como podía el propio hueco que ella había ayudado a crear, tuvo como herencia genuina, auténtica, su victoria en la guerra civil y el genocidio que le siguió. Una victoria, fundamentalmente entonces, contra el liberalismo en todas sus gamas, incluidos los que ellos consideraban sus descendientes, como el marxismo. Salió de ahí un régimen orgulloso de sus orígenes y concomitancias nazi-fascistas. Luego resultó que éstos hubieron de adaptarse a otro mundo. Pero no iniciaron su adaptación hasta que fueron conscientes del significado de ese cambio en la forma de dominación, que no fue precisamente inmediato, sino tan lento como esos veinte primeros años de dictadura. Afirmación que es válida incluso para toda la generación falangista, desde Dionisio Ridruejo hasta Laín Entralgo, pasando por Maravall, Torrente Ballester, Rosales, Vivanco, etc. Fueron estos personajes los que desempeñaron un papel importante en la difusión de la conciencia demo-liberal a partir de 1956.

La cultura de resistencia se asentó sobre una inexistente tradición liberal y un fuerte poso falangista, cuando no en el autodidactismo más atrabiliario. Tras aquellos veinte años de nacionalcatolicismo, con apenas fisuras, hubo que dar paso a mundos culturales que se habían combatido aunque se desconocieran. Así es como surgieron curiosos fenómenos de invención intelectual.

Surgió un marxismo de maceta, doméstico y para regar a mano, surgió y se afianzó el denominado Eurocomunismo; un mayo del 68, que nunca existió para nosotros; una “década prodigiosa” plagada de catástrofes. Eso unido a la perplejidad, porque hombres como Salvador de Madariaga o Claudio Sánchez Albornoz, se mantuvieran en el bando de los derrotados. Resultaba evidente si no teníamos en cuenta que el franquismo había arrasado la tradición liberal, incluso la que correspondía al pensamiento de Melquiades Álvarez y hasta el conde de Romanones, nada se podría desarrollar.

En definitiva, los valores que se afrontaron intelectualmente en la transición, venían infectados por toda una tradición falseada, sustentada en el nacionalcatolicismo, que aún pervive y se nos muestra con toda su crudeza en actual crisis política por la que atraviesa el Estado.

Las insuficiencias de una línea roja proletaria, en incipiente desarrollo y el dominio revisionista, muestran la asombrosa radicalidad de la inteligencia española en gran parte de la década de los setenta. No se trata sólo de casos de fuste como el de Manuel Sacristán, sino el de los “clérigos” de la “práctica teórica”, que pasarán, en menos de tres años, de la defensa de la dictadura del proletariado a la derecha de la socialdemocracia. Fernando Claudín, paradigma de este proceso, defendía aún en 1977 las concepciones leninistas de partido y la dictadura del proletariado, incluso los autodenominados maoístas de la ORT -enraizados profundamente en los sindicatos católicos- se vanagloriaban del apoyo que les brindaba parte de la nomenclatura católica encabezada por Tarancón.

La quiebra de esta inteligencia radical parte de su inconsistencia, es decir, de la ausencia de ejercicio en su papel como inteligencia y la asunción de una función meramente publicista. No había obra, no había reflexión, había aprendizaje. De nuevo nos encontrábamos con unos sectores que aprendían en función de tener que refutar a sus adversarios. En este sentido, la denominada “izquierda radical” de finales de los sesenta y setenta, más aún que la “izquierda” oficial militante en el revisionismo contemporáneo, es hija putativa del dogmatismo escolástico de posguerra y de su desprecio por la coherencia, la reflexión intelectual y la ética. Así, posteriormente, buena parte de los que incluso llegaron a denominarse maoístas, darían el salto del maoísmo a la socialdemocracia sin despeinarse un pelo, con la misma impavidez con la que recibieron la primera comunión.

El desencanto no fue un sentir de la intelectualidad antifranquista, sino un fenómeno más amplio, vinculado a la vida y las ambiciones de las ideas pequeño-burguesas que anidaban en las militancias de los partidos burgueses para obreros y sus entornos. La quiebra de la inteligencia radical está ligada a un hecho objetivo, quizá lo más objetivo que hicieron nunca, pues, consolidar un prestigio frágil y vulnerable sólo se puede hacer pactando con el poder. Aumentarlo, exige participar en él.

Al iniciarse la transición la inteligencia española se encontraba limitada por la inanidad de la derecha y la superficialidad de la izquierda. Pudieron entonces cruzarse y entenderse, convivir sin influirse, perdonarse mutuamente, porque conocían sus identidades y compartían intereses. En muchos casos sus troncos comunes.

Aunque se trate de un hecho reciente merece la pena recordarlo. España es quizá el país europeo donde menos eco encontró el libro del chileno Víctor Farías sobre Martin Heidegger y el nazismo. No se vio aquí al cuerpo académico cerrando filas frente al intruso “tercermundista”. Se consideró despreciable un trabajo de esa naturaleza hasta el punto que, sin leerlo, ya sabían no sólo lo que contenía sino lo que debían responder con curiosa unanimidad.

Desde López Aranguren, hasta cualquier desertor de seminario de escolástica, todos coincidieron en la banalización de esa investigación. La razón habría que buscarla más en Freud que en Heidegger.

¿Quién con autoridad y sin riesgo podía evaluar el nazismo en otros si no osaba hacer lo propio con su falangismo, su opusdeísmo o su resta-cuerdismo político?

El comentarista de un diario conservador lo expresó magistralmente: “criticar el nazismo de Heidegger está al alcance de cualquiera, analizar su pensamiento sólo en el de unos pocos…”. Una idea que obligaría consecuentemente a preguntarse cómo un pensamiento tan selecto llegó a ponerse al servicio de cualquiera. Pero es lo de menos, en España todos parecían saber todo de Heidegger, lo que no es probable, sin embargo, les bastaba con querer saber poco de sí mismos. Una de las tradiciones culturales características históricas del Estado Español, es que se siempre se ha despreciado lo que se ignora. Antonio Machado lo mencionó en uno de sus versos.

Es norma común que los funcionarios de la filosofía son maestros en la elaboración de ungüentos amarillos que los hacen invisibles a los ciudadanos. Lo que más ha llamado la atención de la penuria intelectual de este Estado, ha sido la auto-concepción de grandeza -como los hidalgos antiguos: cuanto más faltos, más compiten en ignorancia y vanidad.

La inexistente polémica española sobre el alcance y las limitaciones del libro de Víctor Farías, no refleja su inquietud por la participación del filósofo alemán en la experiencia criminal del nazismo, sino que afecta más allá. El papel de una filosofía como transmisora de elementos del mundo cultural nacionalsocialista. Si se decide que tales análisis no son posibles, y que no cabe buscar lo que no debe ser encontrado, se cubre con un velo de impunidad todo lo que a un nivel de mayor simpleza y zafiedad hicieron ellos mismos durante los desoladores años de la dictadura franquista. Es más, durante los años ochenta, todos esos progres de los sesenta, provenientes incluso de organizaciones de izquierda y de extrema-izquierda, fueron los principales impulsores de la obligatoriedad del estudio de Heidegger en los institutos de bachillerato del Estado, convirtiéndolo en autor de cabecera de los estudiantes.

Esto ayuda a entender, en cierto modo, la vuelta y recuperación de Xabier Zubiri como cima del pensamiento filosófico durante el período de posguerra. También conservadores y progresistas se sintieron extasiados ante “el último metafísico”, como lo llamó admirado López Aranguren. Sus últimos libros, que respondían a una reflexión de décadas anteriores, se convirtieron en éxitos de venta. Se puso de moda “Inteligencia sentiente” (1980), hecho sin precedentes en la menguada historia del pensamiento español. El filósofo vasco pudo contemplar poco antes de morir como el gremio filosófico en su conjunto, casi sin excepciones, se inclinaba ante su magisterio. Todos, desde sus sibilinos adversarios del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y hasta el catolicismo más comprometido con la modernidad, se declaran sus discípulos. La misma Universidad que le había desdeñado se inclinaba circunspecta y la sociedad, alumnos incluidos, se quedaban perplejos contemplando aquella beatería suya. Muchos intelectuales pensaron que recuperando a Xabier Zubiri ensalzaban lo menos vergonzoso de sí mismos.

En los últimos años el Estado Español ha hecho una curiosa aportación a la cultura europea: la separación drástica entre el hombre y su obra. Quizá esté en nuestra tradición la escasa inclinación hacia el género memorístico o las biografías concienzudas. Ningún creador ha osado inclinarse por la reflexión sobre su propio pasado; el escultor Jorge Oteiza es una de las escasas excepciones, y ha pagado tal alto costo que resulta estremecedor.

Período de pertinaz sequía ha sido el que va del tardofranquismo, a la consolidación de la transición. Cuando aparecen, no hay tanto memorias cuanto justificaciones. Hay épocas que tienden a la redacción de memorias porque éstas permiten un margen mucho mayor para exponer la vida conforme a esa intersección entre lo que uno hubiera querido vivir y lo que uno desea que perdure. Después de la muerte de Franco, fue más necesario que nunca insistir en la radical disociación entre el creador y su contexto, de tal modo que la obra de hombres como S. Dalí, Camilo José Cela, Delibes, Gil de Biedma, Hierro,Tápies o Saura, por citar sólo los más sobresalientes y consagrados, consienten ser analizadas como productos celestes, o tertuliares. O proceden del seráfico cielo o de los grupos de amigos reunidos en los cafés. Obra y contexto, hombre y sociedad, son términos que sólo generaciones futuras tendrán el derecho de analizar desde una posición de clase.

Intelectualmente, la transición exigió, durante sus primeros momentos, un incremento en las formulaciones radicales, en relación inversa, se podría decir, al de la abstención o el compromiso hacia el régimen dictatorial. Revistas como El Viejo Topo (1976-1980) se convirtieron en fascinantes espejos en los que se contemplaba un elenco de la radicalidad. En apenas dos años bascularán ante el impulso arrollador de la socialdemocracia vencedora en las elecciones del otoño de 1982. El fin de la transición marcará esfuerzo, casi un tránsito en el que convertidos a la moral del éxito no podían menos de quedar rendidos ante aquel derroche triunfal.

Esa posterior evolución de la cultura radical, desde la muerte de Franco hasta la victoria socialdemócrata de 1982, y que partía de esa debilidad congénita, su ligereza, estaría en inmejorables condiciones para desarrollar el tipo representativo de los nuevos tiempos: el intelectual mediático. Un hombre de la cultura con atención y condiciones para comunicar. En un texto de María Zambrano sobre Séneca, editado en 1987 con cierto olor a naftalina, la que fuera breve y conflictiva discípula de Ortega, escribía que el ideal del intelectual consiste en su papel de mediador. Mediador entre el poder y la sociedad. También entre la cultura y la sociedad. Es así que, sin necesidad de conocer el texto de María Zambrano, buena parte de la inteligencia radical se adaptó a la inspiración que ella había extraído de la figura de Séneca. Convertirse, en la era de la comunicación, en un equivalente del mediador clásico. Mudarse en intelectual mediático siguiendo la tradición orteguiana, dedicados a la publicación de libros, que no eran sino medios de comunicación, se hacía “obra”. Alimentando su propio yo, inevitablemente, la “inteligencia” se frivolizó, renunciado a un papel más riguroso y menos rentable.

Como conversos de nuestros días, provenientes de la socialdemocracia, del revisionismo, del trotskismo, del anarquismo, como por ensalmo, disolvieron las dificultades que cabría plantearse del tránsito entre una sociedad impermeable, como la dictadura, a una sociedad abierta. Incluso anularon la posibilidad de adaptar una cultura de resistencia a una cultura de oposición, en este caso, mismo de alternativa. De la resistencia se saltó, nunca mejor dicho, al espectáculo. Por su carácter dependiente de los medios de comunicación, esta inteligencia mediática exigía rapidez, reflejos, audacia, brillantez, comunicabilidad, condiciones no necesariamente vinculadas a la inteligencia.

Como símbolos mediáticos de esa transición en el campo de la inteligencia, quedarían, tras una discreta competición, dos figuras emblemáticas. José Luis López Aranguren y Fernando Savater. Lo más consecuente de la veteranía y lo más flamante de la modernidad. Ambos curiosamente con evoluciones invertidas, de la derecha nacional-católica a un cristianismo teñido de laicidad y compromiso, del anarquismo más insolidario al individualismo más visceral.

¿Qué proceso de encantamiento se produce en la sociedad española para que estos dos pensadores tan distintos como personas y como obras consoliden en la transición su figura de intelectuales mediáticos?

La obra de Aranguren estaba prácticamente hecha a la muerte de Franco, mientras que la de Savater apenas apuntaba. Es curioso sin embargo que la concepción de “obra”, tanto en uno como en otro, pese a las diferencias generacionales, esté entretejida entre una actividad de catedrático -secundaria- y una labor como conferenciante, articulista o cursillista, que será siempre el aspecto principal, al que deben su prestigio y su influencia.

Incluso señalando la desproporción entre la obra de Aranguren y la de Savater -no se trata de comparar sus pensamientos-, absolutamente dispares por formación, estilo y generaciones; lo que los unifica es su imagen: su categoría de símbolos, tanto entre la inteligencia como en la sociedad.

La fertilidad de ambos es considerable. Aranguren ha publicado innumerables libros, sin contar conferencias, artículos e introducciones, y Savater, a sus 44 años, sobrepasaba ya los veinte volúmenes, entre ensayos y novelas, amén de dos obras teatrales, todo tipo de prólogos, artículos y apariciones.

Cuando se celebran las primeras elecciones de 1977, Aranguren cuenta con sesenta y ocho años recién cumplidos. Su trayectoria intelectual es la más vistosa quizá de la generación que hizo la guerra en el bando victorioso. Sus primeras obras están consagradas a dos aspectos del pensamiento católico, el misticismo de San Juan de la Cruz y la impronta reaccionaria derivada fundamentalmente del catolicismo ultra francés en el pensamiento de Eugenio d´Ors.

A partir de los años cincuenta, no habrá iniciativa intelectual de algún interés, en el adocenado catolicismo español, que no tenga la participación entusiasta de Aranguren. Vinculado originariamente a la corriente falangista que representaban: Ridruejo, Laín, Tovar, conseguirá la cátedra de ética y sociología -unificadas- durante el período de Ruíz Jiménez, en el Ministerio de Educación, y Laín Entralgo en el rectorado de la Universidad de Madrid. Hecho que provocará todo tipo de malevolencias y soterradas denuncias, muy de la época, por parte de las corrientes del Opus Dei que aspiraban a controlar, de la manera absolutista que ellos defienden en todo, hasta en política, la escasa vida intelectual del momento. Hombre que había hecho estudios de Derecho, se le achacaba, en los ámbitos del Opus Dei, la inexistencia de una titulación en Letras, lo que alimentó durante años las maledicencias de la charca universitaria. Su abundante obra posterior daría al traste con la estupidez del “título” que caracterizaba y sobrevive aún en los ambientes académicos.

Lo que hace más representativa la figura intelectual de Aranguren, es su permanente reflexión sobre el fenómeno del catolicismo y su confrontación con el protestantismo y otras corrientes del pensamiento de la época. En una intelectualidad anclada sin excepciones en la Iglesia católica -algunos eran agnósticos en su casa y con rigurosa obligación de cumplir sus compromisos públicos con el catolicismo- seguir la evolución del pensamiento de Aranguren es recoger los mejores alientos de una generación que habrá de romper con el nacionalcatolicismo y asumir todos los riesgos intelectuales y personales que eso significaba.

No es el objetivo entretenernos aquí a entrar en su obra abundantísima. Contemplada con cierta perspectiva su obra, sus trabajos más atractivos los elaborará durante los años que median entre las dos décadas, 1955-1965, y se centran en la búsqueda de una ética de integración de los pensamientos cristianos, católicos y protestantes. Pero aún más fructífera es su categoría de promotor intelectual y su capacidad didáctica, que le consiente la aureola de haber sido uno de los pocos profesores respetados de la época. Su compromiso cívico, por el que será desposeído de su cátedra, la pérdida de protagonismo de la Falange y su inclinación, entre seductora y enfermiza, por ser y estar entre los jóvenes -que de no ser quién era, hoy denominaríamos como inclinaciones pederastas-, le harán perder peso en los últimos años de la dictadura.

Su obra, que parecía anclada en un período muy concreto de la miseria intelectual de la gran burguesía, se vería desbordada en los años que siguieron a la muerte de Franco; más de un libro al año, en general compilaciones de artículos y conferencias, y una actividad pública en los medios de comunicación que demostraba la atención de la sociedad hacia el Aranguren intelectual cívico, quizá ajena ya al Aranguren como intelectual creativo. Desde su categoría de oponente a todo marco de oficialidad y academicismo, se convertiría en la muestra más notoria de la disensión. Este aspecto, a la larga e independientemente de la voluntad del protagonista, derivará en una forma de chato prestigio académico, sustentado exclusivamente en su valor de representación. Ya no cuenta su obra, su capacidad de reflexión, sino lo que su figura es a los ojos de la sociedad.

Ningún otro como Aranguren confirmaba, aun sin quererlo, lo más salvable del viejo cuerpo académico: aquel que había ocupado de forma irregular, como la época, el establecimiento universitario. Nadie representaba tan dignamente como él las taras de un mundo intelectual resucitado en 1939, pero que había sabido evolucionar en las difíciles condiciones del franquismo y con la enemistad de buena parte de sus colegas que ahora se sentían virtualmente encarnados en su persona. Hombres como Aranguren, o Laín Entralgo, en tantas cosas similares, llegaban a la transición con un bagaje rico y contradictorio.

Para las generaciones autodidactas que siguieron a la España de la guerra civil, ya era bastante con estudiarlos sin excederse en la búsqueda de su magisterio. Porque no había magisterio posible, en lo intelectual, sin una perfecta asunción del pasado. La ausencia de rigor quedaría patente en el aspecto más llamativo de su producción intelectual; conforme su pensamiento evolucionaba, sometían sus obras más antiguas a un proceso de depilación ideológico carente de toda ética.

El contraste entre obras como la Filosofía de Eugenio d´Ors de Aranguren o la generación del 98 de Laín, en sus primeras ediciones, y lo que hoy se reedita con idénticos nombres, es un ejercicio que sume en la perplejidad. Es imposible estudiarlas hoy en el contexto en el que se produjeron por la simple razón de que sus autores han borrado los trazos del pasado. En vez de hacerlas comprensibles, han tenido la pretensión de rejuvenecerlas tanto que son más triviales que entonces. Generalmente, todos tenemos la tendencia a retocar nuestras obras, pero cuando el giro o la evolución es radical, un mínimo de consistencia intelectual obligaría a considerarlas como una etapa, un jalón. Todo menos esa especie de calceta -tejer y destejer- en que se han convertido tantos libros capitales del período 1939-1956.

El Aranguren que adviene, durante la transición, en figura estelar de la inteligencia española es un hombre de setenta años, que ha dado lo mejor de sí mismo en otro período radicalmente distinto. En el momento que habría que debatir sobre si se trata de un derroche en nuestra historia intelectual o una historia intelectual derrochada, su involuntaria conversión en símbolo le convierte en uno de los principales escoyos de la revisión del inmediato pasado cultural del desarrollo del Estado burgués. Incluso del papel sobresaliente desempeñado por el propio Aranguren en él. Beatería y ocultamiento, a eso se reduce la estructura construida sobre la cultura burguesa. De aquí a reivindicar y exaltar la noche negra del feudalismo más reaccionario europeo, no hay más que un paso; de aquí a que resurjan de nuevo, como hoy lo hacen, la beatería u el ocultamiento, no hay más que un paso. He aquí la raíz de lo que se sigue impulsando hoy desde la inteligencia burguesa neoliberal.

La figura de Fernando Savater responde a otras coordenadas. Es un producto genuino de la transición. Sus posiciones anarquistas le marginarán durante un período de la vida académica, pero con la transición, en su exacto lapso de tiempo, llegará a ejercer un cierto mandarinato intelectual. Ejercicio que para consolidarse va siempre parejo a una actitud benevolente con el poder.

Su ponencia en el XIII Congreso de Filósofos Jóvenes (abril de 1976) tiene un título que evita comentarios: “Notas para la negación de la política”. Franco había muerto hacía pocos meses y Carlos Arias Navarro presidía en la vorágine, cuando nuestro hombre iba legítimamente contra corriente. Lo normal para entonces eran las exégesis post-althuserianas y las preparaciones para el asalto y ejercicio del poder en la nueva formas que tomaba la dictadura burguesa. El titulaba sus reflexiones: “la política, como opio del pueblo” y “la anarquía, refugio de pecadores”. Su texto más sonado fue “Panfleto contra el Todo”.

Para un país como el nuestro, que no tuvo a Alain, ni a Cocteau, sino sucedáneos, una figura como Fernando Savater es difícilmente encasillable. Escritor, profesor de filosofía con abundantes conocimientos literarios y con seductora capacidad expositiva, en un mundo académico donde se reprochó durante décadas a Ortega que escribía “demasiado bien” para ser un pensador. Atento seguidor de Cioran cuando su nombre como el de Berdiaev, sonaba entonces como un disparo reaccionario. Amante de hipódromo, veleidad crematística que ni el citado Ortega contaba entre sus inclinaciones. Nadie podía estar en mejores condiciones para convertirse en símbolo de una inteligencia que venía a sustituir a la que había quebrado durante la transición. Era ajeno a los viejos debates sobre la coherencia, el pos-marxismo y el papel de los intelectuales en la nueva forma que tomaba la sociedad. Laico intransigente, tampoco estaba en las cosicosas teleológicas sobre la trascendencia de una obra pensada y necesaria. “El ideal ético consiste en articular y reconciliar todo aquello que el hombre quiere.” Un anarquista radical madura convirtiéndose en un escéptico conservador especialista en paradojas. Si además escribe bien, y es divertido, hemos ganado, ya contamos con la nueva pluma, bien engrasada, que servirá para apartar a los jóvenes de aventuras que cuestionen la forma de dominación monárquico-parlamentaria.

Aranguren y Savater, son lo que son y además lo que aparentan, no por su experiencia académica, ni por su obra creadora, sino por su comprensión del papel del intelectual en lo que, los denominados medios de comunicación, son realmente en la etapa superior y última de la burguesía: en aparatos de propaganda, en máquinas bien engrasadas de agitación imperialista. Nadie que atienda a Aranguren o Savater podrá no tener presente tal o cual posición presentada en un artículo o en una comparecencia televisiva.

En definitiva, figuras intelectuales y mediáticas como Aranguren y Savater, de generaciones y formaciones distintas, conviene repetirlo, tienen en común la sobrevaloración de su imagen pública por encima de su talento o capacidad creativa de un discurso intelectual. Permiten explicar y captar que la elaboración de un prestigio depende de elementos que no están directamente ligados a su obra como intelectuales. Hasta el punto de que a veces la situación que vivimos simula la de otras épocas, cuando hombres como el hoy justamente olvidado Federico García Sanchiz había entrado en el catálogo de “pensadores” por su profundidad como charlista. O Eugenio Montes, por su densidad de reflexión, su anunciada obra sobre Leibniz, que era la comidilla de sus amigos, y que nunca vería la luz. Por suerte para el prestigio de ambos -filósofo y articulista-, tenía anhelantes ínclitos profesores universitarios de los años más negros de la dictadura. A menudo se olvida que don Ramón de Campoamor, el poeta de las “doloras” y “humoradas” en los abanicos de las damas, quería ser recordado como filósofo y a tal fin escribió, entre otras, una obra de enjundia -Lo Absoluto (1865)-.

La intelectualidad actual es el resultado de la pertinaz sequía intelectual del franquismo y esclava de prestigios adquiridos por procedimientos que nadie se ha preguntado nunca. Así, Juan José Linz es por antonomasia “la sociología”; José Antonio Maravall “la historia”; Aranguren “la ética”; López Ibor “la psiquiatría”; Carlos Ollero “el derecho político”, y así sucesivamente. La transición hizo de esta esclavitud norma de conducta, quizá porque no había carrera académica, en el gremio que fuera, sin admitir esta verdad de fe. Los tribunales de oposiciones se lo hubieran hecho pagar caro a cualquier osado iconoclasta.

El procedimiento se ha ido deteriorando en cascada y de los prestigios adquiridos en base a interrogantes que nadie ha querido preguntar, se ha pasado a prestigios adquiridos en base a complicidades que nadie debe desvelar, si no quiere ser trasladado al limbo de lo inexistente.

Bajo el franquismo se fue creando una variedad de intelectual muy peculiar. De claro compromiso político o ético. Gentes de notable brillantez expositiva; verbal siempre. Sin obra escrita más allá de informes, cartas o panfletos. La transición no hizo otra cosa que consagrar esta figura. El intelectual-animador. Un producto con rasgos típicamente carpetovetónicos, rastreables en las referencias de Unamuno sobre José María Soltura o las de Ortega sobre Fernando Vela, pero cuyos antecedentes podían también buscarse en áreas más cosmopolitas.

La labor intelectual de estos “animadores” ha estado casi siempre vinculada a la conversación, las gestiones, la asesoría amistosa. Relacionados con el mundo editorial, gente sabia por enterada, de prosapia, brillante y un tanto ociosa, comentaristas de lujo, cuyos ejemplares más relevantes crearían su propio halo: Javier Pradera y Jesús Aguirre.

El primero, editorialista influyente; mientras el otro goza del doble privilegio de ser duque consorte de Alba y académico de la Lengua sin haber escrito más que algún prólogo, lo que no es algo que, dicho con sinceridad, desentone en tan docta casa. No son asimilables al papel de antiguo consejero áulico, ni al de moderno asesor político.

Ni Goethe en Weimar, ni Schlesinger en la Casa Blanca; exclusivamente gente divertida y brillante, fabricantes de amigos, prestigios. Parcos de escritura fuera del género epistolar y epigramático. Más cercanos, por tanto, a esa Julieta Récamier en cuyo entorno se gestó buena parte de la vida cultural, social y política de la Francia pos-revolucionaria. Ella no creó cultura, pero sí facilitó un ambiente.

Sin Madame de Stäel, ni Benjamin Constant, ni Chateaubriand, ni tantas otras figuras menores, los salones no hubieran tenido la trascendencia que hoy les damos ¿Acaso es poca monta facilitar que las gentes se encuentren, charlen y se sientan a gusto? Si de ahí no sale fuerza creadora, la culpa no es de la anfitriona.
Pues igual aquí. El “animador” no sustituye a nadie, en el mejor de los casos ayuda, pero el único sustituible es él.

Si la inclinación de la inteligencia hacia los medios de comunicación es una característica general en España, por la escasa consistencia del mundo cultural, la tendencia se ha convertido en obsesión. Buena parte de la intelectualidad universitaria entendió que el tiempo dedicado a los artículos en la prensa redundaba en beneficios académicos bastante más notables que la actividad docente o investigadora.

Para quien aspira a desempeñar algún papel en el mandarinato cultural se hace imprescindible la condición de hombre de la comunicación. En mayor medida cuando dichos medios se convirtieron en los auténticos promotores de los gustos; no se limitaban a recoger, aspiraban a crearlos. En una sociedad donde los intelectuales históricamente han vivido más del artículo que de la cátedra, la pendiente está suficientemente aceitada como para que el deslizamiento sea rapidísimo.

La ingenuidad que hacía imaginar que el fin de la dictadura iba a sacar a flote las obras de autores que aún no habían dado lo que prometían, fue una ilusión, alimentada quizá por algunos afectados y por la legítima aspiración de muchos creyentes. En la historia de la cultura no se había dado nunca, ni siquiera en regímenes tan opacos y represivos como el franquista.

La capacidad de agostamiento de un régimen dictatorial se manifiesta, muy especialmente, en la cultura en cuanto afecta a la inteligencia.

¿Acaso no sería una crueldad referirnos a los prestigios creados en la novelística durante el franquismo, tanto en la literatura oficial como en la cultura de resistencia?

Además, del primer Cela y de la continuidad narrativa de Delibes, poco permanece. El drama intelectual y humano de las promesas de la época -Grosso, Ferres, García Hortelano, Sastre…-. El recurso obligado a los autores malogrados, Martín Santos, Miguel Espinosa. El olvido del fecundo exilio exterior -Max Aub, Diestre…-o interior- Gil Albert, Bergamín.

Sin embargo, la transición propiamente dicha provocó en la cultura un fenómeno inquietante que habrá de cuestionar muchas valoraciones construidas durante la dictadura. Fue el descubrimiento tardío de autores ajenos a esos círculos creadores de reputaciones, marginados voluntaria o involuntariamente de los ambientes capitalinos de Madrid o Barcelona. Mientras se había ensalzado obras de menor cuantía, de personajes incrustados en los aledaños del poder -el grupo Escorial sin ir más lejos, y la poesía de Ridruejo, Panero, Vivanco o Rosales- otros trabajaban concienzudamente en una obra que ahora fascina. Es el caso de poetas tan diferentes como Gamoneda, García Baena, Álvarez Piñer, Pino.

Algo querrá decir el que unos personajes marginales hayan necesitado llegar a la ancianidad, o casi, para traspasar el muro iniciático, mientras el fantasma de Rafael Alberti recorre el mundo y las voces afónicas de algunos moribundos ya no convocan a nadie. Para más de uno, la concesión del premio Nobel a Camilo José Cela, ha sido interpretada como una especie de redención de las miserias históricas de un gremio que llegó a la transición hecho unos zorros, es la definitiva ocultación de su pasado falangista denostado.

Una continuidad con lo existente, eso fue también la transición para la cultura. Quedó fuera, o marginado, el largo exilio y todo aquello que abogaba por una cultura proletaria. A riesgo de ser injusto con la honrosa ancianidad, habría que decir que cuando se ha tratado de recuperar una parte de esa cultura del exilio, primero se ha comprobado si estaba desarmada.

Personajes como Rosa Chacel, María Zambrano o Francisco Ayala, fueron promesas brillantísimas de los treinta, y consumaron lo mejor de su obra en los cincuenta, pero seguían contaminados. Volvieron tras un duro exilio con dignidad, pero sin fuelle. No es extraño que la transición los acogiera como lo que nunca fueron y ya no podían intentar ser.

Para la cultura la transición no existió; ni como reforma ni como ruptura. Permaneció impertérrita ante la nueva situación, convencida de que el pasado había quedado enterrado mucho antes y los nuevos tiempos confirmaban sus anhelos: continuaba, pervivía, pero de otra forma, la misma forma de dominación y decadencia burguesa. Asearon la paramera intelectual de antaño con algún detalle decorativo, un cactus aquí, un bonsái allá. Lo nuevo, como revulsivo, es un fenómeno que no es posible allí donde se han roto las raíces del proceso de continuidad con una cultura consolidada, la del primer tercio de siglo. La máxima aspiración intelectual de la transición consistió en considerarnos irremediablemente mediocres a todos los que tratábamos de investigar, de analizar desde una posición de clase, se nos consideró como entes anclados en el pasado, en el fracaso. Ellos eran, representaban el precio que hubo de pagar la inteligencia a la libertad otorgada y a los pasados inescrutables.

La transición que trajo escepticismo hacia la política y obligó a la credulidad social hacia las figuras consagradas de la inteligencia, imponiendo adhesiones inquebrantables, ha traído sin embargo, la reflexión a las filas del proletariado organizado, encaminándonos, como estamos, en el proceso de reconstitución del Partido, la reorganización de las filas obreras y el impulso de una cultura proletaria. Pese a que mayoritariamente la generación que surge a la vida política y social durante el proceso de cambio en la forma de dominación burguesa, del franquismo a la “transición”, convirtiéndose en una generación que no derriba nada, sino que acepta e incluso consolida lo existente, hasta caer en el más absurdo escepticismo, también es la generación que enarbola, defiende y se empeña en la aplicación del Marxismo-Leninismo-Maoísmo, principalmente Maoísmo, a nuestra situación concreta.

Marzo de 2007

Comité Permanente

Partido Comunista de España